viernes, 24 de febrero de 2017

EL CASO MORO, de Leonardo Sciascia (Argos Vergara)

Título: El caso Moro
Autor: Leonardo Sciascia (1921-1989)
Título original: L’affaire Moro (1978)
Traducción: Atilio Pentimalli
Editor: Argos Vergara (Barcelona)
Edición: 1ª ed.
Fecha de edición: 1979-01
Descripción física: 160 p.; 13x20 cm.: solapas
Serie: Libros de bolsillo Argos Vergara
ISBN: 978-84-7017-612-8 (84-7017-612-9)
Depósito legal: B. 1.087-1979
Estructura: capítulos sin numeración
Información sobre impresión:
Impreso por Chimenos, S.A., Carretera Nacional 152, Km. 26, Coll de la Manya, Granollers (Barcelona)

Información de cubierta:
Análisis del secuestro y muerte de Aldo Moro, de los personajes y de la situación.

Información de contracubierta:
Desde su “prisión del pueblo”, Aldo Moro envió cierto número de cartas a varios miembros de su familia y a destacadas personalidades, cartas que fueron dadas a la luz pública. A partir de ellas, Leonardo Sciascia no sólo reconstruye el “caso Moro” en todo su enigma, sino que traza un revelador retrato de la Italia contemporánea, al estilo del “suspense” político-policiaco que caracteriza a los escritos más célebres del gran escritor siciliano.

Información de solapas:
Y es ahora como si dentro del Palacio... tan sólo Aldo Moro siguiese deambulando: en esas habitaciones vacías, en esas habitaciones ya desalojadas... Tarde, a destiempo y solo... Y había creído ser un guía. Tarde, a destiempo y solo precisamente por ser el “menos implicado de todos”, destinado a más enigmáticas y trágicas correlaciones.
Sobre el secuestro, cautiverio y asesinato de Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana de Italia, es casi inútil hablar: no sólo porque el suceso está en la memoria reciente de todos, sino también porque sus consecuencias —visibles y menos visibles— están todavía vivas, en acción. O acaso ni siquiera se hayan desatado todavía. Pero Leonardo Sciascia tuvo muy buenos motivos para hablar y escribir, con la agudeza que lo caracteriza, y no tan sólo en su condición de libre ciudadano que hace uso del derecho de opinión, sino en la de profeta inesperadamente certero. Quienquiera que haya leído Todo modo y El Contexto, esas dos novelas de ficción político-policíaca en las que tan fácil es percibir una penetrante crítica a la clase dirigente italiana, habrá notado con asombro las innumerables analogías que más tarde la trágica realidad del “caso Moro” iba ofreciéndonos. ¿Coincidencias? ¿Azar? De ninguna manera: en aquellas novelas el escritor plasmaba magistralmente episodios, atmósferas, personajes y “contextos” que, sin ser históricamente reales, eran posibles, coherentes, verosímiles, terriblemente realistas en última instancia. Ante el escepticismo y la sorna de los hombres demasiado ocupados en hacerse con el poder o seguir controlándolo —escepticismo y sorna no desinteresados—, el escritor, el “hombre de letras” (como ama definirse Sciascia) tenía razón una vez más. Ahora Sciascia nos ofrece, en esta minuciosa, original, lúcida reconstrucción y análisis de lo que realmente pudo haber ocurrido y de lo que indudablemente ocurrió, un ejemplo palpitante de cómo la inteligencia puede y debe desentrañar ese monstruoso engendro que nos rodea, esa maraña de mentiras, medias verdades, intereses creados, instrumentaciones despiadadas, delirante pugna, en otras palabras, por el poder a cualquier costo. Y Sciascia, sin caer jamás en la oratoria demagógica ni en el tremendismo alucinado de los fustigadores de las costumbres, señala implacablemente las evidencias. Escribe: Bayle opinaba que una república de buenos cristianos no hubiera podido durar. Montesquieu corregía: “Una república de buenos cristianos no puede existir”. Pero una república de buenos católicos puede existir y durar. Así.
Nacido en 1921, en la provincia de Agrigento (Italia), Leonardo Sciascia se dio a conocer en su país en 1955 con Crónicas Escolares, historia de un pueblo siciliano. Todas sus obras, bajo una aparente desenvoltura, denuncian los abusos de la aristocracia, del clero, de la mafia. Su producción literaria consta hasta el presente de doce libros, los más importantes de los cuales (Todo modo, El contexto, Privilegio y poder) han sido traducidos al castellano.

MI COMENTARIO:
El libro comienza con el hallazgo que hace Sciascia en la noche de una luciérnaga, lo que le lleva a recordar a Pier Paolo Pasolini de una forma tan sentida como lúgubre:

Era verdaderamente una luciérnaga; allí, en la grieta del muro. Me produjo una alegría intensa. Y como duplicada. Y como desdoblada. La alegría de un tiempo reencontrado —la infancia, los recuerdos, este mismo sitio, ahora silencioso, lleno de voces y juegos— y de un tiempo que me correspondía hallar, inventar. Con Pasolini. Por Pasolini. Pasolini ya fuera del tiempo, pero, en este país terrible en que Italia se ha convertido, todavía no transformado en sí mismo («tel qu’en lui-même enfin l’éternité le change»). Fraternal y lejano, para mí, Pasolini. De una fraternidad sin confidencias, velada de pudores y, creo, de recíprocas impaciencias. Por mi parte, sentía como una pared que nos separase cierta palabra que él amaba, una palabra-clave en su vida: la palabra «adorable». Es posible que yo haya escrito alguna vez esta palabra, y ciertamente muchas veces la he pensado. Pero por una sola mujer y por un solo escritor. Y el escritor —acaso es inútil decirlo— es Stendhal. Pasolini, en cambio, encontraba «adorable» aquella parte de Italia que, para mí, ya era desgarradora (pero también para él, al recordar un «adorables porque desgarradores» de su libro Lettere luterane: y ¿cómo es posible adorar lo que nos desgarra?) y más adelante se volvería terrible. Encontraba «adorables» a aquellos que, inevitablemente, habían de ser instrumentos de su muerte. Y a través de sus escritos se podría recopilar un pequeño diccionario de las cosas que para él eran «adorables» y para mí tan sólo desgarradoras, y hoy terribles.

Con el correr de su lectura, el fantasma de Pasolini hace sombra en los hallazgos y suposiciones que el autor va presentando. El magnicidio de Moro, hasta hoy en día cubierto con un manto de brumas, es el faro con el que Sciascia ilumina con una luz negra, apocalíptica, la Italia de entonces y su clase política (sobre todo la democristiana). Toma un artículo que el cineasta había publicado tres años antes, donde afirmaba que Moro, en definitiva, era el democristiano menos implicado en los manejos turbios de su partido. No duda en insinuar que la cadena de acontecimientos que rodearon su muerte indica una conspiración superior al operativo de secuestro implementado por el grupo terrorista Brigadas Rojas. El fallido rastrillaje policial, la negativa de la plana mayor del partido democristiano en negociar un intercambio de prisioneros, la intervención del papa, las crípticas referencias de Moro en las cartas que envió desde su prisión a distintas personalidades y a su familia, etc., son hechos que Sciascia aborda, a veces con intuición, a veces con gran poder deductivo, componiendo un rompecabezas donde el político secuestrado es el chivo expiatorio para detener el llamado “Compromiso histórico”, un pacto que hubiera validado la intromisión del partido comunista en el manejo del estado italiano, acuerdo que tuvo a Moro como su gran impulsor.
Sciascia se siente fascinado por el aspecto novelesco del secuestro y asesinato; es como si fuera una historia demasiado buena para ser lo que parece ser:

La sensación de que en el affaire Moro todo ocurra, por decirlo así, en literatura, proviene principalmente de esa especie de fuga de los hechos, ese abstraerse de los hechos —en el momento mismo en que ocurren y más aún al contemplarlos después en su conjunto— en una dimensión de consecuencia imaginativa o fantástica indefectible, de la que reiteradamente se desborda una constante y tenaz ambigüedad. Por decirlo con una boutade: se puede eludir la policía italiana —la policía italiana, tal como está preparada, organizada y dirigida— pero no el cálculo de probabilidades. Y, según las estadísticas divulgadas por el ministerio del Interior, referentes a las operaciones llevadas a cabo por la policía durante el período que abarca desde el secuestro de Moro hasta la aparición de su cadáver, ocurre que, precisamente, las Brigadas rojas han eludido el cálculo de probabilidades. Lo cual es verosímil, pero no puede ser verdadero y real.

En el fondo, Sciascia respondió a esta “ficción” con otra novela. Hay numerosas referencias literarias, a Borges, a Poe, a Tolstoi; Sciascia demuestra su amplia cultura de una manera contundente. Si bien no plantea una historia de buenos y malos, descarga su indignación sobre la Democracia Cristiana, mientras que tiende a ver el lado humano de los terroristas, por ejemplo en el trato con Moro durante su secuestro, incluso cuando afirma que su desenlace fue un fracaso político para las Brigadas Rojas; dice no amarlos, pero parece exonerarlos por la vía de asignarles el destino de los necios. Me pregunto si Sciascia sabía más de lo que escribió, si tenía acceso a fuentes de información involucradas en el caso; en definitiva, si también era partícipe, de alguna forma, de este oscuro juego político.

Hay dos puntos de El caso Moro que esmerilan su estructura. Uno es el progresivo “angelamiento” que hace Sciascia del secuestrado, como si la experiencia de éste en la “cárcel del pueblo” hubiese sido un proceso de despertar espiritual que culminó en la condena de los mecanismos del poder, de los que Moro se sirvió durante tres décadas. Una visión, como mínimo, arriesgada. Aplica al caso una visión muy foucaultiana de la prisión que padeció el ex primer ministro. Esa obsesión por el ámbito carcelario que el filósofo francés instaló en el mundo intelectual en los ’60, impregna los planteamientos del autor:

Comprender a los que custodian a Moro y le entablan un proceso: en esa difícil, terrible familiaridad cotidiana que inevitablemente se establece; en el intercambio de palabras, ya sean coloquiales o de acusaciones y disculpas. En el consumir juntos las comidas. En el sueño del prisionero y la vigilancia del carcelero. En el ocuparse de la salud de ese hombre condenado a muerte. En el hecho de leer sus misivas y el riesgo arrostrado, cada vez, para llevarlas a destino. Innumerables pequeños gestos; innumerables palabras que inadvertidamente se pronuncian, pero que provienen de los más profundos impulsos del alma; un encontrarse las miradas en los momentos más desarmados; el imprevisible y repentino intercambio de una sonrisa; los silencios... ¡Son tantas las cosas, tantos los momentos que, día tras día —más de cincuenta— pueden brotar entre el carcelero y el prisionero, el verdugo y la víctima, hermanándolos! Y hasta el extremo de que el verdugo ya no puede ser verdugo.

Leyendo las cartas que se reproducen en el libro, veo a un Moro incisivo, que busca un intercambio de prisioneros con el estricto fin de salvarse de la muerte, pero sin resignar su carrera política y la conciencia de su perfil histórico. No aparece, a mi entender, un Moro trasmutado, renacido a partir de alguna iluminación recibida en su cautiverio. Su liberación está circunscripta a preservar su vida, no a frenar la razón de estado, la “estatolatría” como la llama Sciascia. Moro maquina y escribe para morir otro día, no para dar las buenas nuevas de un mundo mejor.

Otro párrafo que me hizo ruido fue el siguiente:

Están frente a frente dos estalinismos; y es por comodidad y actualidad que llamo estalinismo a una cosa mucho más antigua, «la cosa» desde siempre manejada sobre la inteligencia y el sentimiento de los hombres, para exprimirles dolor y sangre, por algunos hombres no humanos. O, mejor aún: están enfrentadas las dos mitades de una misma cosa, de «la cosa»; y se aproximan entre sí, lenta e inexorablemente, para aplastar al hombre que está en medio. El estalinismo consciente, abiertamente violento y despiadado de las Brigadas rojas que matan sin juicio previo a los servidores del EIM (Estado Imperialista de las Multinacionales, a decir de los brigadistas) y con juicio previo a los dirigentes; y el estalinismo subrepticio y sutil que actúa sobre personas y hechos como sobre los palimpsestos: raspando aquello que antes ahí se podía leer para escribirlo de nuevo tal como sirve en el momento.

El cautiverio y asesinato de Moro fue un hecho atroz. Más atroz sería el hecho que este desenlace fuera fruto de una conspiración de Giulio Andreotti, la dirigencia democristiana, el espionaje norteamericano y el Vaticano (lo que, en definitiva, insinúa Sciascia). Pero eso no amerita igualar los tantos, poniendo en un mismo plano la ofensiva totalitaria de un grupo terrorista y el estado democrático italiano, con todos sus defectos. Es curioso que Sciascia en ningún momento mencione los términos “guerra fría” y “Unión Soviética”, que no señale que Italia era una pieza central del juego entre los bloques capitalista y comunista. El rechazo a las exigencias brigadistas fue algo más que la defensa de la razón de estado: fue la defensa de la razón de Occidente. Es duro decirlo, pero la muerte de Moro también puede verse como un sacrificio necesario.

Esta Italia terrible, desgarradora de los años ’70, no terminó en un apocalipsis. Sciascia murió en 1989, al mismo tiempo que caía el muro de Berlín. El partido comunista italiano, el más grande de Occidente, en poco tiempo se diluyó. Se sucedieron la Manu pulite, el hundimiento de los partidos tradicionales, las dos tandas del fenómeno Berlusconi... No puedo dejar de pensar, con algo de malicia, en el abismo que existe (que siempre existió) entre el talento analítico y literario de mentes como la de Sciascia, y el kraken de la realidad, de la agonística política de todos los días, de las guerras secretas que la opinión pública sólo puede entrever. El autor envuelve a su libro, casi sin querer, en un clima de derrota. La de Pasolini, la de él. No quiere decir esto que sus mejores ideales no puedan ser revitalizados, pero la intelectualidad actual parece ser incapaz de hacerlo.


ADAPTACIÓN CINEMATOGRÁFICA:
Si bien Il caso Moro, dirigida por Giuseppe Ferrara en 1986, está basada en el libro I giorni dell’ira de Robert Katz, también tiene referencias a la obra de Sciascia. Gian Maria Volontè hizo el papel de Aldo Moro, acompañado por Mattia Sbragia, Margarita Lozano, Daniele Dublino, Enrica Maria Modugno, Bruno Zanin, Consuelo Ferrara, Enrica Rosso, Piero Vida, Luciano Bartoli, Bruno Corazzari, Daniela De Silva, Maurizio Donadoni, Danilo Mattei, Umberto Raho, Paolo Maria Scalondro y Franco Trevisi. En español se conoció como El caso Moro.